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EL ESTRÉS POSTRAUMATICO Y LA TERAPIA DEL EMDR

Lic. Guillermo Mattioli

Hay expresiones que cambian la historia de nuestra profesión. "Inconsciente" "doble vínculo", "indefensión aprendida", "homeostasis familiar" o "burn out" para no poner más que unos pocos ejemplos y pidiendo perdón a tantos otros. Cambian la historia de las ideas, suele decirse, basándose quizás en la ilusión de que las ideas son entelequies que flotan en el cosmos. Sin embargo es mucho más. Cuando nace una verdadera idea ya ha cambiado o está a punto de cambiar una determinada práctica social, que entonces provoca más cambios en un determinado contexto (un "discurso" vaya, ya puestos...). La palabra "autoestima", por ejemplo, surgida hace unos años se ha ido extendiendo y dejando su huella como una marca de origen en muchas expresiones alusivas a estados de ánimo hasta convertirse en moneda de cambio. Tener la autoestima "baja" o "alta", o "veo que no tienes ningún problema de autoestima" son enunciados que se ha convertido en una "seña de identidad". Feliz expresión esta última! Todos la usamos sin la menor obligación de haber leído la novela de Juan Goytisolo que la acuñó, ni tan solo la necesidad de saber que era el título.

Aunque todas las expresiones habrán sido la obra de alguien, no todas conservan el copyright que las hace inconfundibles. Recordemos el "pienso luego existo", "Dios ha muerto" o viniendo más a nuestro campo el "complejo de Edipo". Todas estas evocan al autor de manera automática. Otras, como la mencionada "autoestima" no lo evocan sino que circulan como un elemento natural de nuestro folklore profesional y social. Las hay que conservan todavía el glamour de su autor aunque que seguramente lo acabarán perdiendo, como aquella de la "inteligencia emocional" de la que me gustaría saber cuantos recuerdan el nombre del autor del libro que porta por título tan afortunada conjunción de palabras.

También ayuda mucho evidentemente que aparezca una propuesta de solución de aquello de que se trata, propuesta que puede ser muy concreta o tan abstrusa o ideal que deja al usuario con la impresión de que si pudiese hacer eso que le sugieren no le pasaría nada de lo que se queja. Una riada de literatura de autoayuda se nutre del manantial inaugurado por la idea de la autoestima (para continuar con nuestro ejemplo) ofreciendo toda una lista de consejos y métodos para el autoamor, en ese estilo tan típico de esa literatura que mezcla datos de toda clase, desde el Tao hasta la mecánica cuántica.

El estrés postraumático es una expresión que reúne todas las características como para marcar una época. Tiene una larga prehistoria bajo el nombre de neurosis traumática, que incluye todos aquellos debates sobre el trauma y su valor etiológico que comenzaron con Freud y que todavía no han acabado. Como etiqueta acuñada, Trastorno por estrés postraumático, TEPT, es bastante reciente, aparece hacia los 80 en el DSM-III en el capítulo de los trastornos de ansiedad, aunque posteriormente han surgido dudas sobre como clasificarlo, dado que también se lo podría incluir bajo el de depresión mayor o también el de disociación. Finalmente, ha disparado una proliferación de métodos para tratarlo, basados tanto en los avances en psicología general como en los de las neurociencias.

Cuando una persona padece un TEPT se entiende que ha experimentado, presenciado imaginado o oído hablar de uno o más acontecimientos caracterizados por muertes o amenazas para su integridad física o la de otro y ha reaccionado con miedo, desesperanza y horror intensos, sentimientos negativos que se conservan bloqueados dentro de su memoria emocional, en el sistema límbico. Las escenas traumáticas pueden provenir tanto de catástrofes naturales como provocadas por actos de terrorismo, por haber participado en situaciones de violencia, como veteranos de guerra o por haber sufrido ataques físicos o sexuales, como mujeres o niños maltratados o abusados. El acontecimiento traumático es revivenciado después mediante

- Recuerdos y pensamientos intrusivos,
- Imágenes y sensaciones que le provocan un fuerte malestar.
- Sueños recurrentes y pesadillas.
- Frecuentemente la persona experimenta la sensación muy real de que "eso" le está pasando ahora mismo, le acuden sensaciones, ilusiones, alucinaciones y episodios disociativos de flashback.
- Malestar psicológico intenso delante de estímulos externos o internos que simbolizan algún aspecto del acontecimiento traumático.
- Ataques inesperados de miedo a los que no encuentra explicación.

Para defenderse de estas vivencias terroríficas, el sujeto puede desarrollar algunas de las siguientes conductas:

- Evitar pensamientos, sentimientos, conversaciones, actividades o esfuerzos que le recuerden el acontecimiento traumático.
- Perder la memoria sobre algún aspecto importante de la escena traumática.
- Reducir su interés por actividades significativas. Se desvincula, se aísla, restringe su vida afectiva y su capacidad de amar.
- Ver su futuro cerrado y sin esperanza.

Además puede tener dificultades para conciliar el sueño, irritabilidad, dificultades para concentrarse y tiende a mantener una actitud hipervigilante y de control, así como también puede manifestar respuestas desmesuradas de susto.

La persona que sufre un TEPT se presenta evidenciando un estado general de embotamiento y de anestesia afectiva. Ante él sentimos que de alguna manera no está con nosotros, aunque no pierda detalle de los gestos del profesional. Puede desarrollar un aire misterioso, como si guardase un secreto y se mantiene a una distancia temerosa del contacto humano con el entrevistador. Hablarle positivamente puede herirla, como si viviese toda esperanza como un peligro. También puede explicar experiencias terribles como si estuviese leyendo la lista de la compra, con aquella fría naturalidad que es la marca de la disociación. Si comienza a abrirse nos dirá que le asedian recuerdos dolorosos, poco claros y que le acuden en estados como de ensueño diurno o en forma de pesadillas, y que en general vive entre estados de desinterés por las cosas y ataques súbitos de irritabilidad. Todo la afecta sin poder concentrarse en nada definido y seguramente expresará que siente vergüenza o culpa por cosas que le han pasado o que está convencida de que sólo a una persona tan débil, poco válida o indigna de amor como ella puede estarle ocurriendo algo así.

Extraída a grandes rasgos del DSM-IV, esta descripción es la misma de siempre. Freud, hablando de sus primeras pacientes histéricas podría haber subscripto esta descripción, hasta podría decir que se la han copiado. La bella indiferencia y los ataques de temblor, las convulsiones y las parálisis que veía en su consulta y que lo llevaron a su quizás primer gran aforismo, aquel que reza los histéricos sufren de reminiscencias evidencian la misma lógica clínica que subyace al diagnóstico de TPET.

Para tratar estos estados defensivos tan espectaculares Freud inventó el psicoanálisis. Con la eclosión de las psicoterapia que tuvo lugar durante el siglo XX otros métodos adquirieron también relevancia. Des de hace menos de veinte años los profesionales disponemos también del conocido de manera abreviada como EMDR, que es la sigla de "Eye Movement Desensitization Reprocessing", descubierto por Francine Shapiro.

Así como el diván se convirtió en el icono del invento freudiano, el de unos ojos que giran de un lado al otro, siguiendo los dedos o un bolígrafo en manos del terapeuta se convertirá seguramente en el de la terapia del Reprocesamiento Desensibilizador mediante el Movimiento de los Ojos.

El EMDR combina al servicio de un procedimiento muy fácil de describir y muy difícil de aplicar correctamente las teorías del conflicto intrapsíquico freudiano, del cambio de creencias cognitivo y de la reducción de la ansiedad conductista. Como el psicoanálisis pone el inconsciente a trabajar para construir integraciones del conflicto menos gravosas que el síntoma. Como el cognitivismo modifica las creencias negativas sobre uno mismo. Como el conductismo reduce la perturbación emocional en presencia de la escena traumática. Y cuando funciona, que nada funciona siempre (esto ya lo sabíamos) lo hace de manera muy rápida, el paciente cambia en pocas sesiones. Desbloqueo y limpieza emocional, catarsis y elaboración. Además se puede aplicar en el contexto de otras terapias, dado que sus protocolos son muy sencillos. De hecho el arte consiste en no equivocarse de cliente a la hora de administrarlo. Otros métodos, aplicados cuando no tocaba sólo harán perder tiempo, dinero y esperanzas, pero serán tan lentos que el paciente tendrá tiempo de alejarse de ellos. El EMDR es tan potente que incorrectamente aplicado puede llegar a hacer daño.

Como suele pasar, apenas aparece una nueva terapia, al principio parece que sirve para todo. De tratamiento de elección para grandes traumas el EMDR extiende su influencia benéfica al tratamiento del dolor, de la ansiedad, de los problemas del apego, de los trastornos de la alimentación, de les toxicomanías, de las fobias, de las inhibiciones en general, etc. El tiempo pondrá las cosas en su lugar, como ya ha sucedido con todos los booms psicoterapéuticos. Todavía es muy pronto para poner límites a su eficacia, mientras tanto la investigación está muy viva. Lacan se quedaría pasmado delante de esta manera de abrir lo real.

Desde Freud para aquí los tiempos han cambiado mucho, y según como se mire quizás no tanto. Quizás hemos dado una vuelta completa, como si estuviésemos la noche antes del día en que Freud inventó el psicoanálisis. La noche en que abandonó su teoría traumática para considerar que el terreno fértil para las neurosis eran más las fantasías propias de la investigación sexual infantil que los abusos provenientes de padres, tíos, hermanos o niñeras, cuya realidad no negaba tanto como se le ha imputado después .

Hoy todo es o quiere ser trauma. Tanto es así que a veces se olvida que trauma no es lo que me pasó o me hicieron, sino la reacción de mi mente a eso que me pasó o me hicieron. La defensa acaba siendo el agente patógeno mediante el bloqueo de las representaciones dolorosas, lo que las convierte hace traumáticas y las condena a resurgir como reminiscencias aterradoras.

Este romanticismo sin sujeto al que llamamos postmodernidad quiere que todos seamos ante todo víctimas. Si se nos acepta que somos víctimas ya asumiremos después alguna estrecha responsabilidad. Afortunadamente los métodos terapéuticos no suelen caer en esta trampa. Respetar la agenda emocional del cliente, fieles al principio del primum non nuocere (sobretodo no hacer mal) para ayudarlo a encontrar la dosis de paz interior que le permita continuar viviendo autoreconciliadamente exige un compromiso suyo y una prudencia profesional nuestra. Aquel dolor enigmático, aquel misterio doloroso que llamamos síntoma sigue constituyendo nuestra mejor brújula, y esto vale también y muy especialmente para la terapia del EMDR.



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